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ENTERRANDO A LOS DESAPARECIDOS

P. Norman Butler, MS

 Pablo Daniel Ortmann fue asesinado hace treinta-y-un años, pero recibió sepultura cristiana el 10 de octubre, 2007. Ya que era el tío de Pedro Battistin MS, Misionero de Nuestra Señora de La Salette, participé en el entierro y ahora les cuento la historia de Pablo Daniel.

 Como muchos otros dirigentes sindicales, Pablo fue secuestrado por agentes militares argentinos en junio de 1976. Tenía treinta-y-seis años de edad. Su familia, parroquianos de la parroquia saletense en Córdoba, nunca más escucharon su voz. Unos sobrevivientes de la brutalidad militar contaron que le habían visto a Pablo Daniel en una de las cárceles clandestinas, pero no se sabía más de él.

 Hubo tres momentos para la mañana del entierro de Pablo: uno en el juzgado, otro en el morgue, y el último en el cementerio de San Vicente, Córdoba. Cada momento era emotivo. Los familiares creían haber terminado su duelo por Pablo cuando, de repente, aquí estaban enterrando sus restos tantos años después. Cuatro hermanas de Pablo estaban presentes, una su melliza, otra la madre de Misionero de La Salette, Pedro Battistini.

 Unas cuarenta personas se reunieron en una sala del juzgado para escuchar la lectura del acta. Una buena parte de los presentes eran familiares de Pablo, otros eran representantes de grupos de derechos humanos y de los “Familiares de Detenidos y Desaparecidos”. El acta era de varias páginas. Describió en un lenguaje algo formal como la fosa clandestina fue descubierta unos años atrás , gracias al testimonio de empleados del cementerio que fueron convocados por los militares en julio de 1976, en horario fuera del día del trabajo para enterrar a las nueve de la noche cuerpos de personas no anotadas en los registros del cementerio. Una vez descubierta la fosa común, unos antropólogos fueron designados a cavar e investigar, recogiendo toda la información posible respecto a los restos. Gracias a los estudios de ADN, lograron identificar, con una certeza de 99,999993%, que un cráneo era de Pablo Daniel Ortmann. El cráneo tenía un orificio de bala en su corona. El acta continuó su relato explicando que un informe militar declaraba que Pablo había muerto en un enfrentamiento entre “las fuerzas del orden” y “elementos subversivos”. Sin embargo, había testigos que declaraban que Pablo ya estaba en manos de los militares, en una cárcel clandestina, y no podría haber participado en tal enfrentamiento. Y así terminó la lectura del acta, identificando los restos de Pablo legalmente. La jueza ofreció sus pésames a los familiares y firmó los papeles autorizando el siguiente paso de la mañana: el de recoger los restos de la morgue.

 Cajones vacíos y pobres, apilados contra las paredes, crearon el ambiente en el morgue. Caminamos hacia una mesa con mantel negro. En una punta hubo una caja de madera barnizada; el la otra, en exposición, el cráneo de Pablo Daniel. Era el único hueso de él que había sido identificado. Se notaba claramente el orificio de bala. Detrás de esta mesa la pared era llena de cajas de cartón, todos enumerados y codificados, cada una con restos de otras personas de la fosa común de San Vicente, todavía no identificados. Fue un momento emotivo. La hermana menor de Pablo acarició el cráneo de su hermano, como uno haría al fallecido en un velorio. Después de unos momentos, se colocó el cráneo en su caja de madera. Una de las hermanas llevó la caja en sus brazos hacia nuestro vehículo, un “Transit” con lugar para trece personas. En camino al cementerio, tres de las hermanas se sentaron en la misma fila, cada una tomando su turno de llevar en brazos el tesoro – los restos de su hermano.

 Hay una clase de panteón en el cementerio, construido sobre el lugar donde se encontró la fosa común. Ese panteón es exclusivamente por el entierro de “desaparecidos”. Las oraciones para Pablo fueron dirigidas por el P. Alfredo Velarde, MS, él mismo un víctima de un secuestro y de torturas. Después de la ceremonia, una de las hermanas de Pablo, una mujer de gran fe, me dijo que no sabe cómo perdonar a los responsables por la muerte de su hermano, pero es una gracia que ella pide a Dios.

 Fin

 

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